Sólo en sueños recupero lo que es mío por Melina Alzogaray



Sobre Curar al padre de Juan Der Hairabedian, por Melina Alzogaray

 

Venimos de un largo viaje, los siete días que suceden al solsticio de invierno. El ataúd secreto. Lo indefinido, fuente de toda energía y pasaje por el cual se operan las mutaciones del ser. El deseo, símbolo de transparencia y de materia pura. Mutar o despellejarse, alimentar el pájaro azul, un impulso para trascender alguna condición. Y además, el azar, el movimiento aéreo.

Como una brújula de agua el desarraigo es la respuesta.

Todo conduce al otro. Y la tragedia es olvidar.

Cuando tenía como 14 años, era normal quedarnos con mi hermano los fines de semana solos en la casa e invitar a nuestros amigos a dormir. Jugábamos a invocar a los muertos con una copa. En la casa de mis padres aún existe un enorme mueble de madera con puertitas de vidrio lleno de vajilla mexicana pintada a mano con flores azules; también había unas copas de cristal de todos los tamaños y usábamos la más pequeña porque al parecer era más liviana para danzar con los fantasmas. Comenzábamos escribiendo en imprenta el abecedario y los números en un papel, cada letra la recortábamos por separado y luego las ordenábamos en un círculo perfecto, en medio de aquélla órbita iba –boca abajo– la copa. También escribíamos en dos papeles diferentes un SI y un NO, y los poníamos dentro del círculo. Finalmente, apagábamos la luz eléctrica y prendíamos el fuego en una vela, nos agarrábamos las manos unas con otras, cerrábamos los ojos e invocábamos a todos nuestros muertos. Al atravesar ese portal sentíamos que hervían nuestros corazones de terror y libertad, en igual proporción. Después de invocarlos cada quien ponía su dedo índice en la base de la copa y comenzábamos a hacer preguntas. Siempre había alguien dispuesto a responder.

Curar al padre es una especie de güija. Juan, invocándolo a él. Juan, buscándolo a él. Juan invitándonos a ver su búsqueda. Fuimos testigos de una conversación: la infancia en una taza de café, un universo calado, el retrato de todas las mujeres que quiso amar, un acto de travestismo a sus veintitantos años, una invención auxiliar, la pluma de un dibujante especialista en análisis criminal, un diseño a chorro de tinta, un inventor de las leyes y quizás alguna cosa más. El árbol vive en Juan: forma tras forma ha tomado otra forma, la forma impropia.

Él es el árbol, la columna vertebral del cuerpo. Él es el sueño, protector en razón de su sombra. Besar sus cuatro raíces. Una intención, la de una vida aún más antigua. Espejo oscuro, como una forma de observar el cielo, el movimiento de las estrellas. Y los vicios secretos. Ay, de los vicios secretos.

El padre acudirá porque sabemos llamarlo. La muerte no es un pasaje instantáneo de un momento a otro, es un proceso que lleva mucho tiempo. El padre como un mapa, como fuerza devorante que se mueve, se fermenta, se vuelve plástico. Alejarse es pecado. El árbol no muere, existe en él una reciprocidad cíclica. Esta tumba guarda su cuerpo y por los frutos conocerá la raíz. La autobiografía es y será una provocación.

Porque todo conduce al otro.

Y la tragedia es recordar.