Por un horno mínimo, vital y móvil, por Franca Maccioni



Impresiones sobre “Expresión de un (micro) horno de pan” de Manuel Molina

 

La escena es más o menos así: domingo, 29 de Julio de 2018. Hay sol. Estamos en una plaza: Puerto Argentino. En un barrio: Poeta Lugones. Al medio, un ser extraño –con un traje naranja estridente que recuerda al de un constructivista ruso, pero made in Córdoba– construye un (mini)horno de barro: Manuel Molina. Alrededor: nosotros. Pero, ¿quién, nosotros?…

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Un horno se traza a partir de un vacío construido, imaginario. Y una comunidad también. Porque si un barrio existe de hecho, y de derecho, por una mera disposición topográfica común, por compartir una medianera, una plaza, un código postal, un sodero y quizás algo más, una comunidad, en cambio, es otra cosa. No sabemos bien qué es, pero sí sabemos que es algo que falta: es, al menos, el vacío imaginario que crea nuestro deseo para hacerle lugar a la posibilidad de que advenga algo distinto, otro modo de relación del nosotros.

Una vez trazado el vacío, lo que sigue en la construcción de un horno de barro –explica Manu– es disponer los ladrillitos de adobe de manera tal que, por la interacción y el juego del peso, por el apoyarse de unos con otros, por el modo en que se disponen para cubrir las junturas que evidentemente existen, pero que si no se alinean evitarían las tan mentadas grietas, formen poco a poco una bóveda autoportante que custodie el vacío inicial. Acá, en este punto estructural, la comparación con la comunidad se vuelve a la vez más necesaria y un poco más arriesgada: puede fallar y falla, de hecho. Y no sólo por falta de apoyo, por una mala distribución de los pesos o por una sobreexposición de las grietas, sino sobre todo, creo, porque no (nos) es tan fácil custodiar ese vacío que permite imaginar otras formas de lo posible, otras formas de lo común.

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Se me viene a la memoria esa frase que se usa o se usaba tanto –o que al menos usaron mucho conmigo cuando era chica–: “el horno no está para bollos”. Lo que es como decir que cuando la cosa (pública) está caldeada, lo que no se puede ir a disputar es el uso de ese espacio vacío, de ese lugar para lo posible, y mucho menos hacerlo de a muchos.

Quizás haya sido algo de la fuerza social de esa frase hecha tan repetida la que, como un karma, terminó por obstaculizar un proyecto que se quería enorme, si lo pensamos en tamaño y en tiempo. Manu proyectaba hacia el futuro un objeto capaz de reunir una comunidad posible de usuarios y vecinos: un horno de barro para el barrio, instalado en la plaza y dispuesto para el uso de quien lo deseara. Ya no un tótem, como la virgencita de en frente que el horno pretendía emular en espejo, sino un espacio de uso común. Pero quizás acá también cabe un paréntesis, intentar jugar con la comparación, porque toda relación especular vuelve a poner en juego ese extraño reenvío de lo mismo a lo otro. De una bóveda a la otra, del horno a la virgen, me pregunto, ¿por qué lo primero que vemos es un gesto paródico, crítico? ¿Por qué nos cuesta tanto, hoy, encontrar ahí la circulación distorsionada de un antiquísimo deseo común: multiplicar los panes, hacer lugar a una comunidad por venir? Quizás tenga que ver con aquello que dijeran Borges, Foucault, los surrealistas y tantos otros: lo que hace que sea posible o imposible pensar la proximidad o distancia de una cosa respecto de otra, trazar un encuentro o un desencuentro entre ambas, no es sino el espacio, el lugar común sobre o en el cual se piensa o se impugna dicha vecindad. Y ahí, entonces, de nuevo el problema es el espacio público. Porque una bóveda –la virgen– ocupa de pleno derecho ese lugar común que es la plaza, mientras que el otro –el horno–, en cambio ha sido expulsado de hecho y obligado al nomadismo. ¿Por qué? ¿Será que el espacio público solo soporta cosas, hechos artísticos en sentido amplio (estatuas, tótems, imágenes, representaciones) que ya no podemos usar? ¿Cosas que sólo nos recuerdan una potencia ya vencida, reificada por el mismo material que las expone y por el núcleo duro y macizo que las soporta?

(Un paréntesis más dentro del anterior: ayer, mientras escribía esto, vi por primera vez un billete de mil pesos. Es nuevo, creo, y circula poco por razones obvias, pero es o debe ser públicamente aceptado porque así lo dispuso el Banco Central de la República Argentina. El papel moneda en cuestión lleva escrito lo siguiente: “Hornero. Ave nacional”. Tiene impresa, además, la imagen de su nido, también de barro. Sumo con esto, una nueva bóveda a la comparación anterior para que cada quien trace como pueda los encuentros y desencuentros que el espacio público actual le permita imaginar).

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Volvamos. La propuesta inicial de Manu, insisto, era enorme: en escala, en proyección a futuro y también, hacia atrás, en su deseo por entrar en relación con una larga duración de utopías estéticas truncas: “El trabajo recupera las obras «Construcción de un horno popular para hacer pan» (1972), realizada en la Plaza Roberto Arlt de Buenos Aires y «Valijita de panadero. Harina + agua + calor (excesivo)» (1977), ambas del artista argentino Victor Grippo”. Al igual que en los ‘70s con Grippo, el Estado y todo su aparato burocrático interrumpió el proyecto de construcción del horno popular de Molina alegando, ahora, lo que quizás sea a la vez el argumento más ridículo y más usado por la derecha conservadora en nuestros días: toda utopía es una distopía en menor escala (y, por una suerte de absurdo evolucionismo necesario, nunca las escalas menores permanecen como tales, siempre hay un principio golémico amenazante en cada una de ellas que es preciso conjurar). Ante la demanda de un derecho que garantice una condición de posibilidad antes inexistente, ellos ven la amenaza de una suerte de contagio apocalíptico a posteriori: si se legaliza el aborto, todas van a querer abortar, … “imagínate Manuel –concluye Daniel Prina, el Director de Espacios Verdes de la Municipalidad de Córdoba–….si te dejamos hacer esto a vos, la gente va a salir a construir hornos por todos lados y sería un desastre”.

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Frente a la magnitud del absurdo imperante, entonces, la pregunta que se hace Manu se vuelve más que oportuna: “¿Cuál es la unidad de medida mínima para hacer una comunidad?”. Su respuesta: reducir la escala del horno a un 21% y echar mano de ese dispositivo de movilidad inmemorial: ponerle ruedas. En esa reducción de escalas ¿no hay acaso una ampliación, ya no distópica sino emancipatoria, de la utopía inicial? Un horno ya no para una comunidad precisa (de vecinos) sino móvil. Un horno que no ocupa de pleno derecho el espacio público, sino que aguarda en esta nueva filial de Unidad Básica para que algún sujeto, cualquiera sea, lo use y al hacerlo se apropie momentáneamente de ese vacío que es o será común si y sólo si alguien, esa unidad de medida mínima de cualquier plural, se dispone a usarlo, a meter un bollito al horno y volver a lanzar esa pregunta inicial por el ¿quién, nosotros?

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Última. La obra no fue sólo el (micro)horno de pan construido (que, además quedó inconcluso). Fue, más bien, una acción: una suerte de clase abierta sobre cómo hacerlo, el pasamanos de una técnica y la posibilidad de ponerla en práctica. Y el cierre de la muestra continuó por otros medios el gesto inicial. Armaron un fuego en la vereda porque ya se estaba poniendo frío. Se proyectó un video sobre el proceso de la obra en la cara exterior de la casa de Manu, frente a la plaza. Compartimos un guiso. Me la pasé charlando con dos “bioconstructores” –no sé si se dice así–, que usan la técnica del horno en múltiples escalas, armando desde micro-hornos hasta macro-casas. Uno de ellos ayudó desde el comienzo en el proyecto del Manu y sale en los videos; el otro, es un amigo suyo que es arquitecto y dicta cursos a gente no arquitecta que quiere aprender a hacerse su casa. Ambos me enseñaron varias cosas sobre los materiales, sobre modos caseros de calefaccionar sin usar el gas que está tan caro, sobre cómo se mueve el sol según las estaciones y qué debería hacer si quiero que me dé más de lleno.

Me fui con la panza llena, el corazón contento, una mini crisis vocacional (debería haberme quedado en Arquitectura y no pasarme a Letras) y un manual del Manu en la mochila que explica paso a paso cómo puede construir “usted mismo” un horno de pan.

Pienso ahora que quizás hice mal en criticar a la derecha más arriba, que tal vez sí tienen razón y esto es contagioso, que capaz es cierto eso de que puede que terminemos todos “multiplicando los hornos”.