Una joven atraviesa el río, por Natalia Ferreyra



A propósito de “La gravedad de las flores”, de Gisella Scotta

 

Es pequeña, no la alcé en brazos, pero podría.

Intuyo que su peso es liviano, fugaz, como un abrigo de lana punto crochet que no llega a abrigar, pero cobija. Lleva en los hombros dos cintas que sujetan un carcaj[1] de metal pintado de rosa. Su camisa también es rosa. Pálida y sin estridencias, ella se presenta en una avenida urbana de doble mano solo portando el rostro. Blanco, en pausa y sostenido por unas mejillas dispuestas a soportar el breve frío que empieza teñir los meses de otoño.

La siesta ha terminado. Es domingo y camina en silencio. Usa unos borceguíes negros ajustados a los tobillos. Sus pisadas en el asfalto trasplantan los pasajes de las guerras. No las antiguas, las modernas; esas en las que ella y quienes observamos aún estamos.

Los autos pasan a su lado. La figura de la joven se transforma en sombra. Una patrulla de policías la observa. No carga flechas en su espalda. Son flores, oficial.

Ciento cincuenta tallos de coronas de colores que ha inventado. Les observateurs, cual pequeños partisanos, murmuran al costado del río. ¿Es púrpura, violeta o un lila atravesado?

Se ubica en el alto del puente. Mira hacia abajo, calcula los metros y sigue con la mirada los muebles que arrastra el Río Suquía, empujados por una lluvia que invadió las montañas. Estamos lejos de esas sierras desde donde viene el agua, aunque nos conformamos con mencionar los kilómetros de distancia que nos separan de ellas.

La joven sabe que la ciudad se olvidó del río y le da la espalda. Ella lo mirará de frente como a un anciano comechingón abatido por la historia de las hostilidades que persisten. Le armará un rosario de claveles. Construirá de arriba hacia abajo una catedral sin credo, capaz de tocar las aguas y teñirlas de un futuro.

Trenza los tallos como flechas hacia el centro de la tierra. Las flores no soportan y cae el primer lienzo de claveles. Respira, intenta de nuevo. Sabe que ninguna ofensiva se logra con una bala. Ahora trenza más lento. Estima qué tallos pesan más que otros, qué corolas son más tupidas. Las organiza mentalmente y vuelve a tejer.

Los que observan sufren con ella, pero no pueden ayudarla. Cualquier mano o presencia podría arruinarlo todo. La segunda hilera de flores se quiebra y tarda apenas unos segundos en ahogarse.

No hay sorpresas. La joven ya había imaginado esta posibilidad. Una vez más, intenta. Ensaya una telaraña vertical y lo logra. Al fin, suelta la caña de flores al río. Seguirá el ritmo de su navegación desde la orilla.

Camina en paralelo al dibujo que hace el río. Sortea la basura desparramada, los árboles caídos, los esténciles urbanos que no dicen nada, pero reclaman. Desde la otra orilla, les observateurs caminan al ras del tráfico fluvial de las flores y entienden a la joven. Es sólo un intervalo de sentido entre la arquitectura hostil de la ciudad que los rodea.

Es tan pequeña que podría tragarla el río.

La joven llega hasta el final y espera. Quiere gritar, ser oída. Les observateurs se acercan. Intentan escuchar los aullidos. La joven abre la boca, pero a su sonido lo tapa el de la corriente del río. Cuerpo a cuerpo pujan por el puesto de la potencia.

El carcaj ahora es megáfono y la joven logra penetrar el eco del agua que arrastra.

Que no toco ningún instrumento / Y que estoy enamorada del grito / que me pierdo en el río / que me gustan los pliegues (los del agua) / Que a veces hablamos de cosas diferentes como de las estrategias del grito y de las puertas y de las partículas / Hablamos de la voz y de lo difícil que es romper la voz y de hacer un surco y de sembrar un surco / Como una boca hambrienta que sabe que en el filo de la montaña hay fuego.

Quizás, con las lluvias, broten nuevas semillas que tiñan el río y le den otro pulso.

Un nuevo surco, un territorio, otra batalla.

 

[1]El carcaj es la funda que, colgada a la espalda, usan los arqueros para guardar las flechas.

 

PH Corzo Ybasta + Eze Ruggieri